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Opinión: El futuro urbano de Chile está en el desarrollo sustentable de ciudades intermedias

Estas configuraciones urbanas se definen institucionalmente por su número de habitantes (hasta 299 mil). Sin embargo, este criterio parece bastante simplificado, pues desconoce su importante dinamismo económico, funcional y social.

Posteado por Por Gianitsa Corral Fecha 28 de Febrero, 2017

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Valdivia, Chile. © Wikimedia Commons Usuario: Vicpablo11. Licencia CC BY-SA 3.0

Por Jonathan R. Barton* & María Inés Ramírez**

Publicado en Plataforma Urbana

Chile es uno de los pocos países donde un núcleo urbano concentra más de 40% de la población nacional. Durante el verano, la primacía de Santiago disminuye, mientras miles de personas buscan ocio y descanso en otros asentamientos. Surge la idea: ¿no sería bueno si fuese así todo el año? Pero, ¿cuál es el plan para las otras ciudades? ¿Es la trayectoria de la capital un modelo a seguir?

El futuro urbano de Chile está en la planificación sustentable de las ciudades intermedias. Estas configuraciones urbanas se definen institucionalmente por su número de habitantes (hasta 299 mil). Sin embargo, este criterio parece bastante simplificado, pues desconoce su importante dinamismo económico, funcional y social.

Hoy, podemos encontrar iniciativas que buscan complejizar la visión de antaño de la planificación urbana en Chile. Algunos ejemplos son la Política Nacional de Desarrollo Urbano (PNDU) y la futura Política Nacional de Ordenamiento Territorial. Estas acciones revelan interés por pensar el territorio chileno en su totalidad. Sin embargo, las ciudades intermedias continúan reproduciendo el modelo de crecimiento de Santiago. ¿Por qué si es tan evidente que Santiago enfrenta desafíos y genera condiciones que hay que evitar en el proceso de crecimiento? Dos factores son más evidentes en nuestra opinión. Cada uno requiere instrumentos potentes. Sin ellos, la evolución de las ciudades intermedias continuará reproduciendo un modelo de crecimiento poco sustentable.

Primero: la forma de crecimiento horizontal de las ciudades, donde el consumo de hectáreas per cápita va en aumento. Este fenómeno es consecuencia de la Ley de Parcelas de Agrado (DL 3516) y la construcción de viviendas sociales en gran parte de superficies agrícolas (Art. 55 LGUC, 1975). Ambas abren zonas residenciales fuera del límite urbano. En Santiago, eso incluyó Zonas y Proyectos de Desarrollo Urbano Condicionado. Estos polos peri-urbanos son satélites residenciales. Si no contienen empleo, educación, salud y otros servicios, no cumplen con cualquier definición de un asentamiento sustentable. Aunque la Política de Uso de Suelos para la Integración Social (2015), asociada con la PNDU, busca recuperar plusvalía de estas iniciativas, no derogan los instrumentos que producen sprawl (dispersión urbana).

Si el argumento para esta forma de crecimiento es el precio de suelo dentro del límite urbano, es evidente que el problema es el rol del mercado. Si el suelo urbano es un commodity y no un bien público para asegurar condiciones de habitabilidad, el sprawl no tendrá fin (en un contexto de crecimiento poblacional). La evidencia en ciudades intermedias indica que este sprawl orgánico está en pleno desarrollo. Esto no es sorpresa, ya que se rigen bajo los mismos instrumentos que condicionan las zonas periurbanas en todo el país.

Segundo: el crecimiento urbano reproduce la segregación histórica de Chile, concentrando la población en espacios homogéneos. Este fenómeno toma especial relevancia en un contexto como el actual de inmigraciones, multiculturalidad y percepción de inseguridad. Ejemplo de ello son condominios y bloques de vivienda social, que reflejan realidades socioeconómicas muy diferentes.

Esta forma de hacer ciudad reproduce un cierto feudalismo, como el señalado por Vicuña Mackenna en la división entre ciudad bárbara y ciudad cristiana. Aunque nadie se atreve hoy a referirse así a esta situación, este imaginario urbano de la segunda mitad del siglo XIX persiste para muchos. El mercado y el estado, con sus ofertas, publicidad y políticas de vivienda, reproducen esta reproducción social en el espacio físico. Pero la ciudad sustentable no es una ciudad de guetos y rejas, de identificación social por lugar de residencia. La necesidad de generar mixtura no depende únicamente del Ministerio de Vivienda y Urbanismo. Los actores económicos cumplen un rol fundamental, pues generan brechas socio-espaciales a través de mercados abiertos de vivienda y subsidios para vivienda social. Esta condición es igual de marcada en ciudades intermedias, pero las distancias son menores y hay más interacción entre grupos sociales. La oportunidad existe, pero tiene fecha de vencimiento en áreas en vías de metropolización.

La Encuesta de Percepción de Calidad de Vida Urbana indica que las ciudades intermedias son reconocidas como mejores lugares para vivir en comparación con áreas metropolitanas. Esto llama a resguardar su condición, lejos del sprawl, el uso indiscriminado del automóvil y la anomia. Ello implica construir instrumentos y normativas innovadoras y participativas, con un sentido más local en su elaboración y definición de prioridades.

El derecho a la ciudad no debe confundirse con el derecho individual; es el derecho de coconstruir ciudades para todos, y no ciudades donde la minoría elige su localización, su modo de transporte y servicios, mientras la mayoría, no. Las ciudades intermedias son el futuro urbano de Chile, pero no hay garantías de que se pueda mantener su calidad de vida mientras crecen. Esperemos que la declaración de Mackenna no sea aplicable en este tipo de urbes en 2025.
*Jonathan R. Barton es Investigador principal del Centro de Desarrollo Urbano Sustentable. Geógrafo (Universidad del País de Gales), Master en Estudios Latinoamericanos (Universidad de Liverpool) y Ph.D en Historia Económica (Universidad de Liverpool).

**María Inés Ramírez es Asistente de Investigación en Planificación Integrada del Centro de Desarrollo Urbano Sustentable. Geógrafa de Universidad de Chile. Estudiante de Magíster en Asentamientos Humanos y Medioambiente, Pontificia Universidad Católica de Chile.

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