25 Ago María Paz Trebilcock y María Sarella Robles/¿Podemos vivir con los diferentes?
Por María Paz Trebilcock y María Sarella Robles / Planificación Integrada
Una dimensión relevante de la vida en la ciudad es la capacidad de vivir con otros diferentes. El orden social se funda en la convivencia con personas que no siendo iguales logran articular lazos que trascienden la esfera de lo individual y que posibilitan la movilización de metas comunes para alcanzar el bienestar.
Sin embargo, en nuestras ciudades, existen una serie de elementos que dificultan esta convivencia. En términos estructurales, el fenómeno de la segregación residencial amenaza esta construcción de un todo colectivo, en la medida que genera una enorme diferenciación y brecha en las oportunidades de acceso a bienestar entre las personas. No es solo vivir en barrios desmejorados, con falta de oportunidades de empleo, educación, áreas verdes, acceso a salud o transporte que los pone en una posición desventajada en relación a otros ciudadanos; sino que también implica la sedimentación de otro que surge con una extrema connotación negativa asociada a la marginalidad, comportamientos anómicos, situación de peligrosidad que cotidianamente se viven en los barrios segregados.
Por ende, además de la exclusión asociada a las oportunidades de vida, hay una exclusión simbólica que configura una imagen estigmatizada: ¿Cómo configuramos al otro sino tenemos una experiencia cotidiana de ellos? Generalmente la construcción de estos imaginarios es mediada por los medios de comunicación lo que aumenta el estigma y evidencia un déficit en la experiencia del otro que permita construir una ciudad en la que podamos sentirnos parte de un proyecto compartido, clave para mantener el fundamento de la ciudad: la diversidad.
¿Es posible pensar en ciudades más integradas? Nuestra evidencia da cuenta de que sí es posible. Más que un rechazo diametral al otro, propio de una cultura clasista, es posible pensar en trabajar la segregación acercando las viviendas sociales a las oportunidades de vida en la ciudad, cuidando que se cumplan algunos requisitos tales como:
– Unidades de vivienda social a pequeña escala, es decir, dispersar la vivienda social en la ciudad, construir pocas unidades y cuidar la estética del lugar evitando la configuración de villas de block.
– Mantener la homogeneidad a pequeña escala, las personas necesitan vivir entre iguales, pero esos iguales pueden ser dentro de un edificio o incluso un piso.
– Generar una normativa que regule el uso de los espacios públicos, que permitan hacer más predecible el comportamiento del otro y que regulen los lugares para dejar deshechos, los ruidos molestos.
– Mejorar el equipamiento público para aumentar la sensación de seguridad, mejorando las luminarias, la vigilancia policial o incluso la organización vecinal para enfrentar la delincuencia.
– Generando un escalamiento gradual entre clases sociales, en donde la distancia social entre clases sea próxima y no con extremas brechas de ingresos entre ellas.
Asimismo, en el proceso de buscar mayor rentabilidad, el sector inmobiliario ha contribuido a disminuir los niveles de segregación en la ciudad, mediante la dispersión de los proyectos residenciales para familias de clase media alta y alta hacia comunas populares, donde los valores del suelo eran menores, obteniendo así mayores rentas por el diferencial en los costos. El resultado en términos sociales es el acercamiento de grupos diferentes a escala comunal. Nos referimos a comunas como Quilicura, Pudahuel, Maipú, Huechuraba, Peñalolén, entre otras.
Respecto del origen de las familias que están comandando esta transformación, en el caso de Pudahuel, Quilicura y Maipú, se evidencia que provienen en su gran mayoría de las mismas comunas o las comunas vecinas, y en menor proporción del cono de alta renta. Los aportes de las comunas del cono de alta renta son mayores para el caso de Peñalolén y Huechuraba, comunas limítrofes al cono de altos ingresos y hacia sectores específicos de las comunas de Quilicura y Pudahuel, como son Ciudad de los Valles, Valle Lo Campino y Lomas de lo Aguirre.
Los resultados de diversas investigaciones han respaldado el aporte de este acercamiento en cuanto aumento de los servicios y comercio, embellecimiento del entorno, mejora de la calidad de los espacios públicos, menor estigmatización y acercamiento de las oportunidades laborales.
Este proceso es interesante en la medida que nos hace pensar en posibles políticas públicas o iniciativas de los gobiernos locales, que promuevan la captura de los hogares en movilidad social mejorando los atributos comunales. Este tipo de iniciativa permitirá volver más heterogéneos los barrios de manera más sustentable, teniendo en cuenta las preferencias de localización de las familias.
Sin embargo, estas acciones aún son insuficientes y sigue siendo necesario pensar en una política de suelo que permita el acceso de los sectores más pobres a una mejor localización. La sola acción de los mercados de suelo que ha sido muy bien leída desde el sector privado o la lógica de subsidios han sido insuficientes lo que implica trabajar por una normativa que permita la integración de estos grupos a los beneficios de la ciudad y que, con ello, sea posible pensar en una ciudad sustentable en términos de las relaciones sociales entre personas.