El desafío de convivir en la vialidad

Diario El Sur / 18 de Noviembre de 2018 / Por Juan Antonio Carrasco, Ingeniero en Transportes e Investigador principal de CEDEUS.

Una consecuencia no esperada de la entrada en vigencia de la Ley de Convivencia Vial es que nos permite reflexionar y cuestionar acerca de cómo los distintos modos de transporte ocupan el espacio urbano en nuestras ciudades. Si bien esta normativa, aparentemente, no es más que una modificación a la vigente Ley de Tránsito, entra en vigor en momentos que el ciclismo urbano toma fuerza, nuestras calles tienen cada vez más congestión, y cuando valoramos cada vez más los derechos como peatones. La novedad de la ley es explicitar elementos previamente ignorados en nuestro uso de las ciudades, lo que ha conllevado una puesta en marcha difícil. Por ello, no solo requiere corregir errores como la exigencia de elementos reflectantes y luces durante el día en algunos controles policiales, sino que de un cambio de comportamiento mayor por parte de todas las personas que se mueven en la ciudad.

Aun cuando es de esperar que los reglamentos que la complementan, así como la proactiva adaptación a ella puedan permitir superar esos inconvenientes, los desafíos no terminan allí. Por ejemplo, si bien las bicicletas ya eran definidas como modos de transporte previamente, la nueva ley les exige de manera más clara que – salvo algunas excepciones – no deban utilizar el espacio dedicado a peatones. Este es un aspecto clave, considerando que la caminata sigue siendo la forma más utilizada para viajar, pero difícil a su vez porque no todas las vías ofrecen condiciones mínimas de seguridad para los ciclistas, aun cuando la evidencia internacional matiza mostrando que las calzadas también pueden ser peligrosas para ellos.

La nueva ley también genera desafíos en cuanto a la definición de zonas de calmado de tráfico y ciclovías, lo que implica que algunas esas actuales infraestructuras también deban mejorar sus estándares. Lo anterior conlleva mayores derechos y deberes para peatones y ciclistas. Sin embargo, el desafío – y la gran responsabilidad – en esta ley no la tienen ni ciclistas ni peatones, sino que los automovilistas. Son ellos los que van a requerir un cambio conductual mayor, puesto que explícitamente el diseño y operación de las vías en nuestras ciudades los ha privilegiado por sobre ciclistas y peatones.

Basta con ver la programación de semáforos, las velocidades que pueden lograr, y el espacio del que disponen en vías para probar lo anterior. Ese desafío no solo significa cumplir con la nueva velocidad máxima de 50 km/h, clave para disminuir los índices de fatalidad en accidentes, sino que la conciencia mayor que el espacio urbano es compartido con otras personas utilizando otros modos de transporte. Así como los más fuertes tienen más responsabilidad que los débiles cuando comparten bienes comunes, los automovilistas son los actores claves para que nuestro espacio urbano sea uno en que realmente podamos convivir todas y todos.

Fuente: Diario El Sur.