La ciudad desigual y la esperanza de la comunidad en tiempos de pandemia

Diario El Sur / Domingo 17 de mayo 2020 / En esta columna, la investigadora Katia Valenzuela expone que el mensaje “Quédate en casa” emitido por el Gobierno es un privilegio que no todos los estratos sociales pueden acatar, ya que el sector más vulnerable debe seguir trabajando y utilizando el transporte público, para lograr sostener a sus familias.

En los últimos meses, la pandemia del Covid-19 ha modificado drásticamente nuestro habitar en la ciudad. Mientras ciertos sectores de la población han tenido la opción de migrar al teletrabajo y adoptar medidas de confinamiento voluntario, muchos han debido continuar con sus rutinas laborales diarias para asegurar su fuente de ingreso y poder alimentar a sus familias. Aunque deseable, para un número importante de chilenas y chilenos el “quédate en casa” no es una opción, porque sin trabajo diario simplemente no se come. Esta realidad evidencia una vez más la profunda desigualdad que carcome a nuestro país, la que se agudiza con la crisis sanitaria y con las insuficientes medidas de protección social y laboral implementadas hasta la fecha por el gobierno actual. La desigualdad es también socioespacial, ya que es en los barrios y sectores más vulnerables donde reside un porcentaje importante de trabajadoras y trabajadores informales y precarizados, hoy mayormente expuestos a despidos y a riesgos de contagio, al no poder plegarse a las medidas de confinamiento. Junto con lo anterior, en estas áreas residenciales es donde se concentran viviendas con baja calidad constructiva e inadecuada eficiencia térmica, factores que podrían determinar los grados de vulnerabilidad de las personas ante la exposición a enfermedades respiratorias.

Otra dimensión que ha adquirido centralidad con la pandemia y que también se cruza con la desigualdad estructural de nuestro país, es el suministro de alimentos a las ciudades. Mientras un sector de la población ha ajustado sus patrones de consumo a la compra en línea y la modalidad “delivery”, la mayoría de las familias chilenas no posee los recursos para acceder a dichos servicios especializados. Es más, la crisis económica provocada por la pandemia ha puesto más presión sobre las familias para la búsqueda de alimentos y artículos de primera necesidad a precios bajos. Esto, en un lamentable contexto de especulación de productos de higiene y alzas en los precios de los alimentos. Salvo iniciativas puntuales de los municipios para proveer de canastas familiares a adultos mayores y a algunos barrios más deprimidos económicamente, no se visualiza una política sostenible de seguridad alimentaria para las ciudades, pese a las recomendaciones de la FAO de garantizar la comida a los residentes más vulnerables de las zonas urbanas. Frente a este preocupante escenario, la pregunta que emana entonces es, ¿cómo subsistir en tiempos de crisis?

Si algún trabajo adelantado tienen las comunidades en nuestro país respecto de la sobrevivencia a las crisis, es precisamente en la gestión colectiva de la alimentación. Desde las Juntas de Abastecimiento y Control de Precios (JAP) de la Unidad Popular, a las ollas comunes levantadas en las poblaciones durante el período de la Dictadura Militar, esta memoria histórica parece haber permanecido en algunos sectores, actualizándose a la realidad contemporánea. Así, frente a las estrategias individuales e individualizantes del consumo en tiempos de pandemia, emergen a contracorriente otras prácticas urbanas de abastecimiento, basadas en el cooperativismo, el apoyo mutuo y la solidaridad. Se multiplican en la ciudad las canastas familiares solidarias, organizadas por organizaciones territoriales y asambleas populares para ir en ayuda de las y los vecinos más necesitados. Se articulan compras colectivas en los barrios, para acceder a precios más justos y reducir la exposición de las familias a recintos comerciales proclives a aglomeraciones. Se levantan cooperativas urbanas de abastecimiento, que colectivizan las tareas del cuidado y promueven la soberanía alimentaria mediante compras directas a productores campesinos. Así, en medio de la crisis, la comunidad despliega su vida y creatividad, y nos recuerda una vez más que una ciudad más justa y solidaria si es posible.

Fuente: Diario El Sur.