Por Carlos Bonilla / Investigador del cluster Recursos CríticosEntre los diversos impactos asociados al crecimiento de las ciudades está el uso y desaparición de los suelos en el área de expansión. A diferencia de otros recursos, el suelo es uno de los más irreversiblemente afectados por la urbanización. Esto se debe a que en su condición natural, el suelo es un elemento que varía y evoluciona tanto en superficie como en profundidad. Esta evolución ocurre de acuerdo a una intrincada relación entre el tiempo, el material parental, la topografía, el clima y los factores bióticos. Es por ello que, una vez intervenido, es muy difícil que el suelo retorne a su condición original.En el caso de Chile, no son pocas las ciudades que se desarrollan en la parte baja de los valles y, habitualmente, es ahí donde se encuentran los mejores suelos. En ellos, la vegetación se da casi en forma espontánea, son capaces de almacenar agua con gran facilidad, constituyen reservorios naturales de carbono y puntos de biodiversidad. Todos estos beneficios ecosistémicos desaparecen o se ven notoriamente reducidos frente a un proceso de urbanización. Es fácil observar cómo el crecimiento de la ciudad contribuye al sellado de los suelos y cómo producto del paso de la maquinaria se compacta o destruye su estructura limitando la capacidad de infiltración y retención de humedad. Estos efectos se pueden ver en numerosas plazas, las cuales exhiben hoy un limitado valor paisajístico, un reducido desarrollo de la vegetación y un aumento considerable en los costos de mantención. Además, la vida misma en la ciudad agrega una serie de elementos ajenos al suelo tales como restos de materiales de construcción y metales pesados, los cuales terminan limitando su potencial uso para otras actividades.El mensaje así no apunta a limitar el desarrollo y expansión de las ciudades, sino a incorporar el suelo y su calidad en el proceso de planificación de los centros urbanos. Los criterios utilizados hasta la actualidad en nuestro país han mostrado reducidos aportes en esta línea y, producto de ello, se hace necesario su replanteamiento. Una planificación en este sentido permitirá no sólo cautelar los mejores suelos como un recurso patrimonial para las generaciones futuras, sino obtener y disfrutar desde ya los diversos beneficios asociados a este recurso actualmente subvalorado.Carlos Bonilla, investigador del cluster Recursos Críticos, explica los beneficios que otorga el recurso suelo cuando se trata de desarrollo urbano sustentable y plantea la urgencia de incluir su condición y calidad en el proceso de planificación de las ciudades.
Por Carlos Bonilla / Investigador del cluster Recursos CríticosEntre los diversos impactos asociados al crecimiento de las ciudades está el uso y desaparición de los suelos en el área de expansión. A diferencia de otros recursos, el suelo es uno de los más irreversiblemente afectados por la urbanización. Esto se debe a que en su condición natural, el suelo es un elemento que varía y evoluciona tanto en superficie como en profundidad. Esta evolución ocurre de acuerdo a una intrincada relación entre el tiempo, el material parental, la topografía, el clima y los factores bióticos. Es por ello que, una vez intervenido, es muy difícil que el suelo retorne a su condición original.En el caso de Chile, no son pocas las ciudades que se desarrollan en la parte baja de los valles y, habitualmente, es ahí donde se encuentran los mejores suelos. En ellos, la vegetación se da casi en forma espontánea, son capaces de almacenar agua con gran facilidad, constituyen reservorios naturales de carbono y puntos de biodiversidad. Todos estos beneficios ecosistémicos desaparecen o se ven notoriamente reducidos frente a un proceso de urbanización. Es fácil observar cómo el crecimiento de la ciudad contribuye al sellado de los suelos y cómo producto del paso de la maquinaria se compacta o destruye su estructura limitando la capacidad de infiltración y retención de humedad. Estos efectos se pueden ver en numerosas plazas, las cuales exhiben hoy un limitado valor paisajístico, un reducido desarrollo de la vegetación y un aumento considerable en los costos de mantención. Además, la vida misma en la ciudad agrega una serie de elementos ajenos al suelo tales como restos de materiales de construcción y metales pesados, los cuales terminan limitando su potencial uso para otras actividades.El mensaje así no apunta a limitar el desarrollo y expansión de las ciudades, sino a incorporar el suelo y su calidad en el proceso de planificación de los centros urbanos. Los criterios utilizados hasta la actualidad en nuestro país han mostrado reducidos aportes en esta línea y, producto de ello, se hace necesario su replanteamiento. Una planificación en este sentido permitirá no sólo cautelar los mejores suelos como un recurso patrimonial para las generaciones futuras, sino obtener y disfrutar desde ya los diversos beneficios asociados a este recurso actualmente subvalorado.





