¿Distanciamiento social? Lazos sociales en tiempos de crisis

El Mostrador/ 05 de junio 2020/ Los investigadores CEDEUS, Martin Tironi y Rodrigo Mora abordan en esta columna cómo la pandemia se ha encargado de hacer evidentes las inequidades, muchas veces silenciosas y soterradas, de una capital en extremo segregada, donde el vínculo social se ha vuelto indispensable para dar respuesta a las problemáticas que autoridades hoy no están abordando. Vínculos que se vuelven más difíciles de establecer con el distanciamiento social que se requiere para evitar los contagios.

La crisis del COVID-19 invadió todos los debates, poderes y preocupaciones de la agenda nacional. Pasamos de hablar de los derechos y deberes de la ciudadanía, al comportamiento indócil de un virus a escala global. De un momento a otro, nuestro espacio público se pobló de expertos en infectología y epidemiología, y de políticos en búsqueda desesperada de respuestas que la ciencia no siempre puede dar. Al mismo tiempo, nuestras rutinas diarias se han visto profundamente perturbadas, obligándonos a repensar las formas en que trabajamos, aprendemos, nos divertimos y mantenemos nuestra vida. Al igual que el resto del planeta, no sabemos hasta cuándo tendremos que acostumbrarnos a vivir confinados en nuestros hogares.

Los expertos sostienen con insistencia que para disminuir las posibilidades de contagio y evitar que la pandemia colapse los sistemas de salud, debemos estar distanciados un par de metros unos de otros en el espacio público, la micro, la plaza o el supermercado.

Generar las condiciones para que eso suceda no es fácil: las imágenes de aglomeraciones en paraderos de buses y el metro de Santiago de este último tiempo ilustran las dificultades de la gestión del transporte en un escenario de crisis. La conocida desigualdad urbana de Santiago, donde miles de personas deben trasladarse muchos kilómetros en micro o metro desde la periferia al sector oriente o el centro, solo empeora esta situación. La pandemia se ha encargado de hacer evidentes las inequidades, muchas veces silenciosas y soterradas, de una capital en extremo segregada.

La crisis sanitaria plantea una interesante paradoja como sociedad: disminuir el contagio del COVID-19 demanda un distanciamiento físico entre individuos, pero afrontar las consecuencias de esta crisis requiere que nuestros lazos sociales se fortalezcan, fomentando la colaboración y el cuidado entre todos los actores que conforman nuestra vida social.

Los empleadores deben facilitar el teletrabajo de la mayor parte de sus trabajadores(as) o, en el caso de aquellos cuya presencia sea vital, permitir ingresos diferidos. El Gobierno debe promover el teletrabajo mediante incentivos, cuando sea el caso, o exigencias. Colegios y universidades se adaptan a clases remotas, reinventando los métodos de transmisión de aptitudes y conocimientos. En este contexto, al interior de los hogares muchos de nosotros hemos debido asumir roles y compartir espacios de crianza, cuidado y corresponsabilidad a los cuales quizás no estábamos acostumbrados.

No todo es solo una cuestión de voluntades: el Gobierno tiene la obligación de definir estrategias a corto y largo plazo que protejan a los más débiles y sancionen a los que se aprovechan. Debe, asimismo, proveer los recursos y la inteligencia para proteger la salud física y mental de la población. Pero insistamos en un punto: buena parte de la lucha de esta pandemia descansa en la capacidad de ampliar las redes de generosidad, colaborar unos con otros, de cuidarnos mutuamente entre ciudadanos, vecinos y vecinas, compañeros de trabajo o integrantes de una familia. Sortear este momento exige empatía con un otro situado a dos metros de distancia o ubicado al otro lado de una pantalla.

Sería un retroceso social que, por seguir las recomendaciones de los expertos que hablan de «distanciamiento social», fomentemos y reproduzcamos comportamientos individualistas, acaparadores, egoístas.

Si bien la “distancia física” contribuye a disminuir la propagación del virus, hoy más que nunca necesitamos una vida social revitalizada y convivial, involucrada y participativa, conectada y responsabilizada con un futuro que distribuirá desigualmente en la población. En estos tiempos turbulentos y de enclaustramiento, el desafío es avanzar hacia una comunalidad, es decir, un tejido social solidario, dispuesto a elaborar proyectos que apuesten por el bienestar de todos.

Las noticias de los últimos días demuestran que las políticas públicas cumplen un rol fundamental en esta tarea: más de 250 mil personas se inscribieron como voluntarios en Reino Unido para ayudar a personas de tercera edad a hacer sus compras.

La crisis actual demanda más que nunca desarrollar un ethos del cuidado expandido. Cuidar es entretejer una malla de afectos y reciprocidades. Cuidar es generar y reparar relaciones sociales, consustanciales para mantener la cohesión en estos momentos de crisis. El reto viral nos obliga a reconocer nuestra vulnerabilidad e interdependencia y, por lo mismo, la necesidad de actuar colectivamente.

En un futuro cercano nos volveremos a encontrar en la plaza, en la micro, el metro o en el colegio. Mientras tanto, hagamos de esta espera una oportunidad para ralentizar la marcha y repensar el modelo de sociedad que queremos construir. Nos va a ayudar en la conversación que dejamos pendiente…