El mayor peligro de un desastre es que lo olvidemos

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Por         Jonathan Barton / Director CEDEUS

Rodrigo Cienfuegos /Director CIGIDEN

Francisco Meza / Director CCG

 

Este fue el principal mensaje que el ministro del Territorio, Infraestructura, Transporte y Turismo de Japón entregó en el foro inaugural de la 3ra Conferencia Mundial de Reducción de Riesgo de Desastres de la ONU realizada en Sendai hace algunas semanas.

Los eventos hidroclimáticos extremos que han afectado estos días al norte del país y las enormes consecuencias que sólo comenzaremos a visualizar en su total magnitud a medida que vayamos dejando atrás la fase de emergencia, no hacen más que confirmarlo.

Frente a la pregunta que han hecho insistentemente los medios estos últimos días en relación a si este desastre se podía anticipar o no, la respuesta categórica es sí. Se podía anticipar porque sabíamos que existen ciudades y localidades instaladas sobre planicies de inundación y quebradas; también disponíamos de antecedentes que indicaban que en el pasado eventos muy poco frecuentes, como el que nos impacta hoy, pudieron haber ocurrido. Por supuesto, la magnitud que éstos pueden alcanzar, a veces superan las mejores estimaciones que el conocimiento científico y técnico puede proveer, como quedó demostrado con el tsunami de Japón del 2011.

Si la respuesta a la pregunta es sí, y además sabemos que en otros lugares de Chile, existe población, infraestructura crítica, y servicios básicos, que también pueden verse impactados por eventos extremos de éste u otro tipo, ¿por qué no hemos sido capaces de abordar el problema de manera adecuada?

Lo primero que habría que señalar es que el problema que enfrentamos es muy complejo y las soluciones tomarán tiempo. También es necesario reconocer que el país no estará en condiciones de enfrentar los enormes desafíos globales a los que nos enfrentamos, como el cambio climático y las catástrofes (ya sean de origen natural o antrópico) en la medida que siga actuando reactivamente. Es por ello, que una vez superada la emergencia y resguardadas las condiciones básicas para que las personas afectadas puedan iniciar el difícil proceso de recuperación, se hará necesario discutir de verdad un nuevo ordenamiento institucional que le permitirá a Chile estar mejor preparado.

No se trata sólo de capacidades técnicas, pues en esto se ha avanzado mucho en los últimos años. Se trata sobre todo de dotar al Estado de una institucionalidad que se haga cargo y tenga una visión de largo plazo para no sólo abordar la emergencia, sino que también generar las condiciones necesarias para una ocupación sustentable de nuestro territorio. Se requiere por consiguiente contar, por un lado con una Agencia de Respuesta de Emergencia profesional con un alto grado de descentralización en coordinación con los gobiernos locales encargada de la educación, preparación, diseminación de alertas y de la respuesta en los primeros días, enfocada fundamentalmente a apoyar a las personas y comunidades; y de un servicio técnico por otro, que integre las mejores capacidades y conocimientos hoy dispersos en diversas direcciones y servicios del Estado. Este último estará encargado de orientar la planificación del uso del territorio teniendo en cuenta las distintas amenazas, niveles de exposición e incluso potenciales efectos de cascada, desde una perspectiva sistémica y multiriesgo; también deberá estar disponible para apoyar en la toma de decisiones preventivas, de alerta y monitoreo durante el desarrollo de los eventos extremos, y así asegurar el correcto cumplimiento de la misión de la Agencia de Respuesta de Emergencia.

El riesgo es inherente a cualquier proceso complejo, y no se puede eliminar. El desafío es como convivir con él y es la sociedad la que determina cual es el nivel de riesgo aceptable de acuerdo a su grado de desarrollo y los recursos que está dispuesta a invertir para reducirlos. Chile está en una fase de transición para llegar a ser un país desarrollado, y hemos visto las complejidades que esto tiene en diversos ámbitos y la necesidad de discutir modificaciones institucionales de fondo que nos dejen mejor parados frente a los múltiples desafíos que debemos enfrentar. Es indispensable tener una discusión en serio acerca de cómo cambiar los paradigmas con los que nos hemos desarrollado hasta ahora e incluso en cómo modificar aspectos culturales que están muy arraigados en la población. Esta tarea requerirá mucho esfuerzo y tiempo, pero no podemos postergarla pues el peor desastre es el que se olvida.