
6 de agosto/ Diario Austral/ En esta columna de opinión, la investigadora adjunta de CEDEUS nos invita a cultivar la resiliencia mediante una planificación territorial que respete los ecosistemas y, pese a no generar titulares espectaculares como un desastre, la considera la única vía posible para construir un futuro más seguro, equitativo y justo.
El agua es el fundamento de la vida, pero hoy miles de compatriotas no pueden agradecer la lluvia. Para ellos, ha sido una fuerza destructiva que provoca inundaciones y trágicas pérdidas. Esta paradoja exige cambiar el foco desde la mera reacción hacia la preparación y la adaptación; en esencia, debemos cultivar la resiliencia.
Cultivar la resiliencia no es ‘rebotar’ al estado anterior, sino tener la capacidad para absorber impactos, aprender y fortalecerse. Y aquí radica el desafío fundamental: cultivar la resiliencia es un camino lento, laborioso y a menudo invisible. No genera titulares espectaculares como un desastre, ni ofrece soluciones mágicas de la noche a la mañana. Es un compromiso a largo plazo que representa la única vía posible para construir un futuro más seguro, equitativo y justo.Ante una inundación, la respuesta inmediata es rescatar. Pero ¿qué pasaría si durante la calma hubiésemos cultivado resiliencia? Esto implica una planificación territorial que respeta ecosistemas como los humedales: ecosistemas clave que actúan como esponjas naturales capaces de absorber enormes volúmenes de agua, amortiguar crecidas y proteger a las ciudades. El reciente seminario sobre ‘Valdivia Ciudad Humedal’ dejó en evidencia que existen innumerables ejemplos de comunidades locales, organizaciones de base y grupos científicos que, lejos de los reflectores, dedican su vida a esta siembra paciente.Es hora de cambiar el paradigma. Debemos entender que invertir en resiliencia no es un gasto, sino la inversión más estratégica que podemos hacer. Requiere que nuestros líderes tengan la valentía de apostar por proyectos a largo plazo, que nuestras instituciones fomenten la colaboración por sobre la competencia, y que nosotros, como ciudadanos, asumamos nuestra corresponsabilidad. Debemos canalizar esa energía hacia la tarea silenciosa de cultivar; porque aunque los frutos no sean inmediatos, la resiliencia es la única herencia verdaderamente valiosa para las futuras generaciones.






