La Amazonía y la culpa

Opinión de diario El Sur/ 25 de agosto de 2019 / Columna del investigador Cedeus y ecólogo Francisco de la Barrera.

Latinoamérica concentra vulnerabilidades y desastres que afectan principalmente a los más pobres. Al mismo tiempo alberga una profunda religiosidad donde el pecado se comprende como un acto de omisión o acción que daña a otros y que genera una culpa. En esta misma espiritualidad, mientras el pecado puede ser absuelto de forma relativamene sencilla, la culpa requiere de acciones mayores para borrar la mancha del alma.

Los megaincendios del Amazonas tienen su origen en actos de omisión y acción, donde no sólo los ciudadanos de los países que la contienen (Brasil, Perú, Bolivia, Colombia, etc.) tienen responsabilidad, sino también el resto de Latinoamérica y el mundo entero. La culpa viene ahora, observando las imágenes devastadoras, de 500 mil hectáreas consumidas por el fuego. “No me hables de sufrir” podría decirle nuestro presidente al presidente de Brasil, haciendo referencia a que una superficie equivalente se quemó en Chile el verano del año 2017. Por su parte, el otro presidente “usa la culpa a su favor, mucho mejor que Dios, cero compasión”, como diría la canción de un grupo penquista, al hacer alusión a que esos incendios podrían haber sido provocados por ONGs, para debilitar a su gobierno y poner trabas al desarrollo.

Tal como ocurrió el año 2017 en Chile, las teorías conspirativas crecen con la velocidad de las llamas, y la ayuda es tardía y a veces no llega, generándose un descontrol, aumentando las pérdidas. Expertos en el combate de incendios indican, sin dudar, que los incendios se apagan en invierno, es decir en el tiempo en que el riesgo de incendios es mínimo. La metáfora alude a que se requieren acciones decididas de prevención en el territorio para evitar la ocurrencia de megaincendios. A esto podemos agregar que es urgente tomar responsabilidades en la protección de la naturaleza. La Amazonía ha sido objeto, durante décadas, de una devastación indiscriminada, de la que no nos gusta hablar, que guarda dolores y muchas muertes, debilitando, de manera sistemática, la socioecología y cultura megadiversa de la selva.

Si bien los incendios nos quitan el aliento y puede llevarnos al alarmismo de creer que ya es muy tarde, la naturaleza, en su inmensa complejidad, tiene los mecanismos para recuperarse, especialmente en paisajes donde no hay mayor introducción de especies invasivas exóticas. Lo que podemos y debemos hacer, en algunos casos, es dejarla tranquila para que se recupere, asistiendo en otros casos con recursos y acciones de recuperación y restauración ecológica. Lo mismo necesitamos en Chile, donde después de casi dos años, prácticamente la totalidad de los paisajes que fueron devastados el 2017 siguen sin contar con acciones de restauración, siendo aún más crítico que el caso amazónico, porque están a merced de la invasión de especies como pinos o aromos y el cambio de uso de suelo para fines productivos.

Nuestro continente megadiverso en lo natural y cultural, pero empobrecido en sus barrios, se merece algo mejor de parte de nuestras autoridades. Al infierno de los incendios y la verborrea de quienes buscan aprovechamiento económico o generar confusión, se suma el cambio climático que requiere de bosques nativos capaces de capturar y almacenar carbono, el mismo que hoy está siendo liberado nuevamente a la atmósfera, después de décadas de almacenamiento. Esperemos que este nuevo infierno acelere el desarrollo de acciones ante la emergencia del cambio climático, y podamos reconocer que el tiempo es implacable, si se trata de la biodiversidad, la historia socionatural y las consecuencias del cambio climático sobre las personas.

Fuente: El Sur.

Fotografía de Víctor R. Caivano, AP.