Arbolado urbano, un aliado ante el cambio climático en Chile

19 de noviembre del 2021/El Ágora/ La investigadora CEDEUS Sonia Reyes fue entrevistada sobre forestación urbana cómo respuesta a la crisis climática y la posibilidad de implementarse en las distintas regiones del país. 

El cambio climático nos exige nuevos modelos de planificación urbana que tomen en cuenta esta innegable realidad, pero que sobre todo escuchen también las demandas e ideas de quienes habitan esos espacios: comunidades interesadas en participar y, sobre todo, en pensar y diseñar sus espacios verdes.

Chile ha sido señalado en los últimos años como uno de los territorios donde los efectos del cambio climático se están sintiendo con mayor fuerza y una prueba concreta de esto, es la sequía que afecta a gran parte de la zona norte y centro del país desde hace más de una década, y que ha puesto en riesgo el agua para el consumo humano, pero también para el uso de diversas actividades productivas, y, por supuesto, para el cuidado y mantención de áreas verdes.

Por ello, tener en cuenta hoy a la hora de planificar infraestructura verde, ya sean plazas, parques o avenidas arboladas, la actual crisis climática y también las necesidades, opiniones e ideas de las comunidades aledañas a estos espacios, es una tarea que debe instalarse de forma definitiva, tanto en el trabajo de profesionales del área, como del Estado.

En la actualidad, planificar espacios verdes de esta forma no es habitual, pues desde los organismos públicos encargados de pensar, diseñar y construir la infraestructura urbana, se prioriza la construcción de éstos solo como elementos decorativos, no tomando en cuenta las necesidades del entorno y, además, con una mirada constructiva que prioriza el desplazamiento seguro de automovilistas, y que deja en segundo plano a peatones, ciclistas, y, por supuesto, el desarrollo de actividades recreativas o de ocio.

Actualmente Chile tiene un déficit de áreas verdes y aunque la Organización Mundial de la Salud (OMS), ha aconsejado un promedio de nueve metros cuadrados de áreas verdes por habitante, se está muy lejos de eso. Sin ir más lejos, el Instituto Nacional de Estadísticas chileno realizó un levantamiento en 346 comunas del país, indicando que solo el 15% de ellas cumplen con un estándar de 10mde áreas verdes de uso público por habitante, mientras que un 51% están por debajo de los 5m2/hab. Por su parte, en la Región Metropolitana, una comuna de altos ingresos puede llegar a contar con 19m2/hab y otra, de bajos ingresos, con menos de 2m2/hab.

Algo que reafirma la Fundación Mi Parque, organismo que enfoca su trabajo en mejorar las áreas verdes del país en comunas vulnerables, al indicar que “la realidad de las áreas verdes en Chile se presenta con un déficit importante, concentrado principalmente en las zonas de menores ingresos económicos. A esto se suma que muchos de los espacios destinados a ser plazas de barrio en los sectores con mayor déficit son, generalmente, foco de malas prácticas e inseguridad. Es muy común que, cuando llegamos a las comunidades a iniciar nuestro trabajo, las familias nos cuentan cómo dudan de enviar a sus hijos e hijas a jugar (a una plaza), el mal estado en que se encuentran estos lugares y el poco uso que le dan, transformando una oportunidad en un conjunto de problemas”.

El valor de la forestación urbana

Los beneficios del arbolado urbano y de los espacios verdes van desde tener un efecto directo en la captura de dióxido de carbono, disminuir las islas de calor, retener material particulado en suspensión, reducir la contaminación acústica y permitir la vida silvestre, pudiendo incluso transformarse en arbolado alimentario para sus propios habitantes. Además, son un agente irremplazable de belleza y amabilidad para las ciudades, lo que impacta profundamente en la calidad de vida de las personas.

Beneficios que comparte y promueve la investigadora del Centro de Desarrollo Urbano y Sustentable (CEDEUS), Sonia Reyes Paecke, bióloga y ecóloga, también académica de la Facultad de Agronomía e Ingeniería Forestal de la Universidad Católica, quien expone que “enfocándonos en el cambio climático creo que, por una parte, hay un enorme potencial en las ciudades, sumando espacios eriazos, privados y públicos, para aumentar significativamente la cantidad de árboles, y así convertir también a las ciudades en espacios de mitigación y de compromiso, porque en las ciudades es donde vive la mayor cantidad de personas”.

“Para mí la arborización va junto con un cambio en el modo de planificar la ciudad, con una ciudad que es más caminable, más grata para todos y todas, porque si yo tengo que caminar ocho o 10 cuadras en una avenida arbolada, lo voy a hacer, pero si es solo pavimento, es obvio que no. En nuestras investigaciones hemos registrado hasta 65 grados Celsius caminando sobre el pavimento, lo cual, en el caso adultos mayores atenta contra su salud”, explica la académica.

Hace algunos meses, la investigadora del CEDEUS presentó el documento “Forestación Urbana para la Adaptación al Cambio Climático”, donde entrega diversas recomendaciones para realizar este proceso de buena forma. Entre ellas destaca que la forestación urbana puede implementarse en las regiones de Chile cuyos ecosistemas nativos incluyen ecosistemas forestales, o en las cuales hay árboles nativos adaptados a las condiciones climáticas imperantes. Esto es en la zona centro, sur y austral de Chile, incrementando su factibilidad con la latitud. En la zona central la factibilidad de implementación es afectada por la mayor competencia por el uso del suelo debido a la densidad de población y actividades en los espacios urbanos y periurbanos (agricultura, urbanización, agroindustria, infraestructuras).

Como vemos, la investigadora asigna un valor fundamental a las especies nativas de cada zona, lo que ya reviste un gran cambio en el proceso de planificación, pues hoy en día la mirada para diseñar y plantar es estandarizada a lo largo del país, sin tomar en cuenta las características de la zona ni, como lo vimos anteriormente, los requerimientos de la comunidad y sus necesidades de vida actual.

Además, sumemos a esto la mirada que hoy debemos tener ante la potencial crisis hídrica del futuro, ante lo cual la ecóloga del CEDEUS indica que “hay un fantasma de que ya no vamos a poder regar, efectivamente eso puede suceder en una sequía grave, pero eso pasaría si no tuviéramos más agua que para el consumo humano, y hoy el agua se reparte en muchas cosas, no solo consumo humano … creo que cada litro que se gasta en riego, es un litro de agua que genera sombra, belleza, captura de carbono, bienestar, no es agua que estamos botando, si lavo el auto sí la estoy botando, pero si estoy regando espacios necesarios ante el clima árido, es necesario”.

Espacios verdes con una mirada comunitaria

El año 2008 nació la Fundación Mi Parque, “en un momento donde existía una atención importante en el acceso a la vivienda digna, pero donde el acceso al espacio público y en específico a las áreas verdes no eran una prioridad. Existía entonces una deuda en la planificación de áreas verdes de calidad, y una proliferación de espacios deteriorados, que se transformaron en focos de inseguridad e incluso en micro-basurales. En consecuencia, vimos una necesidad importante, que aún existe, comunidades que no podían acceder a espacios para encontrarse, hacer comunidad y generar redes sociales que son sumamente necesarias para mejorar la calidad de vida en barrios, sobre todo cuando tienen altos índices de vulnerabilidades”, nos cuenta Juan Ignacio Díaz, director ejecutivo de la fundación.

A la fecha y debido al trabajo de este organismo, un millón de personas en Chile cuentan con áreas verdes diseñadas y construidas a través de procesos de participación comunitaria a menos de 10 minutos de sus casas. Este millón de beneficiarios se traduce en 652.747 metros cuadrados -o 65 hectáreas- de áreas verdes; 370 proyectos de plazas, espacios comunitarios y patios educativos; más de 13 mil árboles plantados; en iniciativas que han congregado a 42.000 voluntarios y más de 120 empresas colaboradoras.

Tras todo este trabajo comunitario, desde Fundación Mi Parque también relevan la importancia de que “las áreas verdes de uso público debiesen ser una prioridad en la agenda pública y privada frente a la crisis climática actual. Las áreas verdes permiten mitigar la sensación térmica en las alzas de temperatura y son capaces de mejorar, si se diseñan con ese fin, el uso del agua en los barrios frente a la escasez hídrica que estamos viviendo en Chile”.

Además, “hemos aprendido que, para generar espacios acordes a las necesidades medioambientales, es clave fomentar la participación ciudadana y el conocimiento local. Una política acorde a las necesidades de áreas verdes en el contexto climático que enfrentamos, requiere de mecanismos que fomenten la participación vinculante en el diseño de los barrios. Las personas conocen mejor que nadie las necesidades y oportunidades de sus territorios, cuentan con el conocimiento de su entorno, para que, a la hora de diseñar parques y plazas sean espacios eficientes y pertinentes en un contexto de emergencia climática como el que vivimos hoy”, finaliza Juan Ignacio Díaz.

Por el momento, quizás solo sea cosa de esperar un poco para que las políticas al respecto den un giro. Esto, porque a fines de julio de este año la Comisión de Medio Ambiente del Senado aprobó en general el proyecto de Ley de Arbolado Urbano e Infraestructura Verde, cuyo objetivo es contar con un cuerpo legal que permita garantizar el desarrollo de ciudades verdes y sostenibles, mediante una gestión integral de su infraestructura, tomando en consideración que casi el 90% de la población chilena vive en ciudades.

Una señal de esperanza y comprensión de la importancia de este tema, pero también el resultado de un trabajo de diversas organizaciones, que han entendido que el arbolado urbano y los espacios verdes son una poderosa herramienta para reducir la brecha de la desigualdad en la calidad de los espacios públicos y la construcción de infraestructura ecológica para ciudades más sustentables.

Fuente: El Ágora Diario