Ecología, modelos de desarrollo y arquitectura

Comentario para el lanzamiento de la Revista ARQ 103 “Ecología”¹
Por Felipe Encinas
Escuela de Arquitectura UC, Centro de Desarrollo Urbano Sustentable (CEDEUS)

En primer lugar quisiera agradecer la invitación a la Editorial ARQ y a la Escuela de Arquitectura UC. Realmente es un gran desafío poder comentar este nuevo número de la revista ARQ, titulado “Ecología”, en un período de tiempo tremendamente convulso y que al día de hoy podríamos asimilar a la calma del ojo del huracán. Esto nos ha mantenido en un vaivén emocional constante, desde la esperanza hasta el horror y la frustración. Justamente para evidenciar esta última emoción, vengo acá como uno de los 600 investigadores y científicos que participamos del Comité Científico convocado en el marco de la COP25 por el Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, y donde todavía queda la duda sobre el impacto efectivo que esto tendrá en política pública. Sin embargo, quisiera destacar las palabras de la coordinadora de este comité, la climatóloga Maisa Rojas, que establece ciertos puntos básicos que van en el sentido que me gustaría transmitir en este comentario: “a partir de la crisis social y política que estalló en el país en octubre 2019, se vuelve evidente que los efectos de la inequidad territorial se agudizan conforme avanza el cambio climático”. De esta manera, en base a la evidencia científica recogida, “hoy es más urgente que antes revisar las bases sobre las que se cimenta el desarrollo, acoger el conocimiento adquirido y orientar a Chile de forma decidida hacia un desarrollo integral, sostenible, e inclusivo”².

En base a esto, probablemente lo que primero se valora de este número de la revista es su Editorial³. Si no fuese por ésta, un lector desprevenido podría entender que la ecología es un ámbito despolitizado, que puede leerse de manera autónoma, sin necesidad de contextos ni de cruces con la realidad (equivalente a la estrategia de las “cuerdas separadas” que usan los políticos para zafar de situaciones complicadas, como hacer negocios con gobiernos que violan los derechos humanos). Personalmente creo lo contrario, que la ecología y la sustentabilidad son profundamente políticas porque encarnan las maneras en que nos organizamos como ciudadanos y que articulan vínculos entre sociedad, naturaleza, conservación y desarrollo económico —sobre lo que hablaremos más adelante en relación a la revista— y por ende tienen que tener un sentido colectivo, comunitario y orientado al bien común.

Esto contrasta ciertamente con la lógica neoliberal del homo economicus, en que se asume que las decisiones humanas se fundan en la mirada económica de los problemas y que las decisiones son racionales, orientadas siempre a maximizar la utilidad individual. Es por esto que no resulta extraño ver en los carteles de las manifestaciones ambientalistas (especialmente en Europa) la frase “It’s the capitalism stupid!”, parafraseando aquella vinculada a la economía de James Carville, asesor de Bill Clinton durante la campaña presidencial de 1992, poniendo de manifiesto que existiría un problema de base a partir del propio modelo político y económico que nos gobierna.

A modo de paréntesis quisiera establecer el concepto de modelo neoliberal que utilizaremos, propuesto por el célebre geógrafo crítico, David Harvey: incubado durante la crisis de los años 70, “enmascarado bajo una espesa capa retórica sobre la libertad individual, la responsabilidad personal, las virtudes de la privatización, el libre mercado y el libre comercio, en la práctica legitimó políticas draconianas destinadas a restaurar y consolidar el poder de la clase capitalista”4. Todo esto, desatado en el contexto de la crisis del petróleo de 1973, generada a raíz del embargo de crudo que la Organización de Países Árabes Exportadores de Petróleo realizó a Estados Unidos y Europa. Si bien este fue el telón de fondo para el giro de las economías hacia el liberalismo económico (hasta el momento, muy acomodadas al alero del keinesianismo), por otro lado, todo el constructo de lo que hoy en día entendemos como “arquitectura sustentable”, con sus estrategias solares, preocupación por la envolvente térmica, tecnologías de energías renovables, regulaciones estrictas y sistemas de certificación, se consolidó a partir de allí. Esto es algo que también nos sugiere la Editorial al retrotraernos a la Dictadura cívico-militar en Chile en este mismo período y compararla con la situación 2019, en donde en relación a los temas ambientales, nuevamente estamos llegando tarde.

La discusión planteada aquí se ha desarrollado en torno a una aproximación que transcurre entre la ecología y modelos económicos, lo que podría resultar desorientador para la audiencia, toda vez que vinimos a hablar de arquitectura. Esto no resulta casual, ya que incluso etimológicamente están emparentados: ecología (oikos y logos, como conocimiento del hogar) y economía (oikos y nemein, como administración del hogar). Sin embargo, cuando se habla de la relación entre dos elementos, esta puede ser en los 2 sentidos: acercándose o alejándose. El modelo de desarrollo actual habitualmente nos quiere convencer que ambos conceptos se dan la espalda, que son antagónicos (que, por ejemplo, no es compatible el cuidado del medio ambiente con el crecimiento económico). Desde el marco de análisis de este comentarista, se propone indagar en aquellos artículos que profundizan esta relación ojalá de manera virtuosa para luego dar lugar a la discusión sobre arquitectura. Este asunto no es baladí, porque parte de la entrada o acogida que ha tenido la arquitectura “verde” o “sustentable” y esto lo digo con conocimiento de causa no ha sido desde el core de la disciplina, sino más bien desde argumentos periféricos referidos a aspectos de mercado. Conceptos como los market premium, vinculados a sistemas de certificación, análisis de costo beneficio y retorno de la inversión, nos interpelan si esta concepción “verde” no estaría más asociada al color de los dólares o a los “billetes de luca” que a las cubiertas y muros vegetales, como muy bien señala Francisco Díaz en la Editorial citando a Harvey.

Teniendo en cuenta estas consideraciones, es importante señalar que los artículos contenidos en esta revista fueron escritos y seleccionados previo al “reventón social más extendido, violento y significativo que ha vivido el país en toda su historia”5, como lo describe el historiador Gabriel Salazar. En este sentido me quisiera preguntar, ¿si hubiese que elegir dentro de estos artículos, hoy, 18 de diciembre, y a la luz de lo que pasado, con cuáles nos quedaríamos? ¿Cuáles de éstos serían capaces de encarnar las tensiones sociales y políticas actuales y encauzarlas hacia una discusión crítica que medie entre la ecología y la arquitectura? Esto, evidentemente es un ejercicio ficticio, ya que la selección de los artículos se hace con referato externo bajo la lógica de las revistas indexadas, lo que no quita lo desafiante de la pregunta.  

Personalmente me atrevería a indicar que, en esta lógica, siguen siendo absolutamente pertinentes la entrevista a Rosetta S. Elkin, titulada “Vida Vegetal” y realizada por Stephannie Fell y Francisco Quintana; Romy Hecht y su artículo sobre “Rachel Carson y su ataque a la verdolatría”; Wilfried Kuehn, Kim Courrèges y Felipe de Ferrari en su artículo “Arquitectura y ecología”, Rodrigo Booth con “Sublime natural, sublime tecnológico” y el breve texto de Tatiana Carbonell, como comentario al proyecto para el Parque Metropolitano Sur, Cerros de Chena. A continuación comentaré dos artículos dentro de todos estos, que, a mi juicio, ofrecen nuevas lecturas sobre las tensiones y debates antes mencionados, y que además, poseen formatos de comunicación de la investigación diferentes. 

El primero es el texto firmado por Rodrigo Booth6. En este se aprecia un artículo bajo el formato estricto de la publicación científica, efectuado de manera rigurosa y bien documentado. En una primera mirada, sitúa el tema en un ámbito de debate muy contemporáneo acerca de la relación entre ser humano y naturaleza, pasando desde la dominación hacia la coexistencia. Esta discusión me evoca algunos de los argumentos esbozados por Bruno Latour, que cuestionan la concepción del ser humano separado de la naturaleza, siendo a la vez parte del mundo cultural, y donde la práctica científica sería uno de los convocados a unirlos7. O mejor aún, Latour recientemente hablando acerca de James Lovelock padre de la hipótesis Gaia y con 100 años recién cumplidos, referente fundamental en la discusión ecológica donde reemplaza la idea de una naturaleza unitaria por la mutiplicidad de organismos vivios y la multiplicidad de conexiones entre ellos8. De esta manera, volviendo a Booth, se puede superar la visión de la naturaleza como commodity (otro término económico), reflexión que propone realizar a la luz de la emergencia climática. 

Particularmente interesante en este artículo es la descripción de ciertas tensiones, como la existente entre la cosmovisión de los pueblos originarios en oposición a la infraestructura moderna, que el autor asocia a una central hidroeléctrica del sur de Chile, como caso de estudio particular.  Sin embargo, hay un punto de inflexión mejor dicho un período de inflexión  que el autor sitúa históricamente con gran precisión: crisis mundial 1929, terremoto de Chillán 1939, creación de la CORFO, el plan de fomento de la producción eléctrica y finalmente la creación de Endesa en 1940, que es cuando los saltos de Pilmaiquén dejan de ser un destino turístico (para ser preservado) para convertirse en esta central hidroeléctrica de paso. Esto como el reflejo de un desarrollo tecnológico que permitiría acceder a una cierta modernidad, pero que nunca se alcanza. Este modelo de desarrollo se mantuvo sin interrupciones hasta los años 90, a partir del cual en un escenario post-Dictadura—tuvo que abrirse a la consulta a pueblos originarios y al cumplimiento de compromisos internacionales. Llegado a este punto, se despierta el interés por ver, bajo la pluma del autor,  lo que pasó después probablemente tema para un segundo artículo que corresponden justamente a los 30 años puestos bajo la lupa por parte del estallido social. Este es un período que continuó y en algunos aspectos profundizó el modelo económico monetarista heredado, así como prolífico en concesiones, transiciones y pactos. Algo de esto se puede vislumbrar en las conclusiones, donde el autor agrega nuevos elementos en tensión: recursos naturales vs patrimonio construido, ecuación que no es de fácil solución y que invita a continuar desarrollándolo.

El segundo artículo es el de Wilfried Kuehn, Kim Courréges y Felipe de Ferrari9, los 2 últimos asociados a la oficina de arquitectura Plan Común. Me tomo la libertad de inmediatamente citar un fragmento de su primer párrafo, que sitúa la relevancia de los debates mencionados con anterioridad con particular elocuencia y claridad: “Dado que una parte importante de la historia de la arquitectura está indisolublemente unida a las ambiciones de las élites gobernantes, la suposición obvia parece ser que la arquitectura siempre reforzará las condiciones imperantes. Esta conclusión altamente problemática limitaría el significado de la arquitectura, socavando su campo de operación y legitimando la idea de que no hay alternativa al statu quo”. En este sentido, el Cementerio General representa un ejemplo interesante, puesto que es el primer cementerio público de Chile y un monumento fundamental de la ciudad, y a la vez, un claro reflejo de la privatización profunda de la sociedad chilena después del giro hacia el modelo neoliberal, proceso definido por sus detentores como de “modernización”. 

La arquitecta Peggy Deamer lo plantea con claridad: dado que la producción de arquitectura y ciudad requiere de inmensas cantidades de capital que articulan lo público, lo privado y lo social, la historia de las ciudades en gran parte la historia del capitalismo propiamente tal10. Y esto tanto en la ciudad de los vivos, como en la ciudad de los muertos. En otras palabras, el cementerio es también expresión de la desigualdad urbana (que los autores representan muy bien mediante la descripción de sus barrios, periferias, áreas verdes e infraestructura), en aras de consolidar su propuesta: un gran jardín urbano para la ciudad de Santiago. 

Creo que el artículo abre una arista interesante que queda aquí esbozada que parte al asociar las interacciones dentro del cementerio a las transacciones del mercado inmobiliario, y que desde mi perspectiva, permitiría la recuperación de la noción del valor arquitectónico. Esto pasaría por comprender como opera el mercado de suelo bajo condiciones tan especiales como ésta. Hipotéticamente, como en este caso el valor no estaría dado por la posibilidad de instalar, por ejemplo, una torre de 20 piso, un mausoleo podría valorarse desde su arquitectura, mármoles, ornamentos y esculturas (asunto que las casonas señoriales del barrio El Golf no lo pudieron decir, siendo reemplazados por grandes edificios vidriados, paradójicamente, premiados a través de sus certificaciones de sustentabilidad). Esta visión, planteada como una vuelta de tuerca desde el corazón de los criterios economicistas, representa una oportunidad para desenmantelar en parte la mecánica comercial heredada de los mercados inmobiliarios, los cuales permiten que todo el excedente del consumidor en este caso, los deudos, no los fallecidos sea capturado en su totalidad por la localización, raíz y germen de la desigualdad urbana11. En otras palabras, atributos urbanos y del paisaje de la necrópolis pueden ser puestos en valor con miras al jardín urbano metropolitano que proponen los autores, dado que podrían tratarse de mercados más regulados que los de la producción de vivienda privada, al menos en su definición económica rentista de los monopolios de suelo.

Finalmente quiero terminar retomando la discusión presentada al inicio con respecto al bochornoso resultado de la COP25. Esto no solo por el fracaso de las negociaciones en múltiples aspectos, desde el debilitamiento de los Acuerdos de París hasta el punto muerto alcanzado en relación al mercado internacional de derechos de emisiones de carbono, frente a lo cual muchos países deben hacerse responsables. Sin embargo, otro aspecto ha sido igualmente destacado en la prensa europea ciertamente no en la nuestra y en trascendidos de personas que participaron de las negociaciones, se relacione con la percepción de que la presidencia de la conferencia propuso una agenda muy vinculada a intereses económicos e influenciada por el lobby de empresas dueñas de combustibles fósiles (y de allí el rechazo masivo de los primeras resoluciones propuestas). Nunca antes, la distancia entre la ciencia y la ciudadanía versus los tomadores de decisión había sido tan grande. Y en esto, propongo ser enfáticos: no bastan ajustes al modelo monetarista actual, como se ha pretendido decir. Un “capitalismo con rostro humano” que siga fomentando la subsidiariedad del Estado está lejos de poder resolver la crisis climática que nos aqueja. Pareciera que el estallido social del 18 de octubre hubiese abierto el apetito por superar aquello que Mark Fisher —citando, a su vez, a Fredric Jameson— decía, “Hoy parece más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”12, pero no debe entenderse separado de la agenda climática. Cierro, con una cita de la entrevista a Rosetta Elkin, contenida en esta revista, y que nos advierte de la situación crítica en la que estamos y sus dificultades inherentes: “En la ecología, existen los riesgos crónicos y los episódicos, pero parece que nuestra sociedad ha confundido esos términos. Esencialmente, el cambio climático es un riesgo crónico: es lento, difícil de notar, entra y sale de nuestras vidas.”

 

Campus Lo Contador, 18 de diciembre de 2019

 

1Este texto fue escrito para ser leído en la sesión de presentación de la revista el miércoles 18 de diciembre, y por ende posee ciertas licencias en relación a un texto científico, como el uso de la primera persona. Se modificaron algunos fragmentos para hacerlo más legibles en este formato y se agregaron las referencias utilizadas.

2https://www.elmostrador.cl/cultura/2019/12/04/cop25-comite-cientifico-chileno-sostiene-que-hoy-es-mas-urgente-que-antes-revisar-las-bases-sobre-las-que-se-cimenta-el-desarrollo/

3Francisco Díaz, “Calentamiento Social”,  ARQ 103 (Diciembre 2019): 12-13

4David Harvey, El enigma del capital y las crisis del capitalismo (Madrid: Ediciones Akal, 2010)

5Gabriel Salazar, “El ‘reventón social’ en Chile. Una mirada histórica”, Nueva Sociedad, Octubre, 2019

6Rodrigo Booth, “Sublime natural, sublime tecnológico. Debates en torno a la valoración de la naturaleza en el río Pilmaiquen, Chile (1920-1945)”,  ARQ 103 (Diciembre 2019): 138-149

7Bruno Latour, Nunca fuimos modernos. Ensayo de antropología simétrica (Buenos Aires: Siglo XXI Editores, 2007)

8Bruno Latour, Cara a cara con el planeta. Una nueva mirada sobre el cambio climático alejada de las posiciones apocalípticas (Buenos Aires: Siglo XXI Editores, 2017)

9Wilfried Kuehn, Kim Courrèges y Felipe de Ferrari, “Arquitectura y Ecología: el Cementerio General de Santiago como un caso ejemplar”, ARQ 103 (Diciembre 2019): 104-115

10Peggy Deamer, Architecture and Capitalism. 1845 to the Present (New York: Routledge, 2013)

11Felipe Encinas, Carlos Aguirre, Ricardo Truffello y Rodrigo Hidalgo, “Especulación, renta de suelo y ciudad neoliberal. O porqué con el libre mercado no basta”, ARQ 102 (Agosto 2019): 120-133

12Mark Fisher, Realismo capitalista, ¿No hay alternativa? (Buenos Aires: Caja Negra Editora, 2016)

 

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