Cambio de paradigma en la movilidad de Santiago: ¿desde la visión auto-céntrica hacia el desarrollo sustentable?

bici

Por Juan Carlos Muñoz / Subdirector del CEDEUS e investigador principal del cluster Acceso y Movilidad y Ricardo Hurtubia / Investigador del cluster Acceso y MovilidadEntorno Construido

La gran mayoría de los especialistas internacionales en urbanismo y transporte propone una forma de planificar y desarrollar las ciudades buscando que sean más sustentables y vivibles, privilegiando los espacios públicos por sobre los privados, regulando –con este fin– el desarrollo inmobiliario, y priorizando el transporte público y no motorizado por sobre el uso indiscriminado del automóvil. Muchas ciudades, la mayoría en Europa, Australia y algunas en Norteamérica, han seguido estos lineamientos, logrando estándares de calidad de vida reconocidos internacionalmente y mirados con sana envidia desde nuestro país donde, lamentablemente, no se han aplicado estos principios en forma consistente en las últimas décadas.

La construcción de infraestructura específica para transporte no motorizado (bicicleta y caminata), y el incentivo a su uso, son líneas de acción fundamentales en el camino a tener buenas ciudades. Esto es especialmente relevante a la luz de los recientemente revelados resultados de la Encuesta Origen Destino (2012), la estadística oficial sobre movilidad en Santiago, que muestra que la caminata es la principal forma de viajar (con un 34,5% de los viajes diarios) y que la bicicleta es el modo de mayor crecimiento anual, duplicando el número de viajes entre 2001 y 2012, desde alrededor de 300 mil hasta más de 700 mil viajes diarios. Basta con mirar las calles para notar que, desde 2012 a la fecha el aumento ha sido aún más explosivo, por lo que es razonable pensar que pronto llegaremos al millón de viajes en bicicleta (si es que no estamos ahí ya). Debido a esto, el importante aumento reciente en el número, extensión y calidad de las ciclo vías existentes es algo necesario, que se debe seguir promoviendo.

Pero Santiago está fallando en desincentivar el uso del automóvil, que ha aumentado de un 21% a un 26% de los viajes diarios en la última década, con un total de casi 5 millones de viajes que son poco eficientes pues utilizan una cantidad desproporcionada de uno de los recursos más escasos de la ciudad: el suelo (calles). Disminuir el uso del automóvil es fundamental para reducir la congestión y, en consecuencia, permitir un desplazamiento más eficiente tanto del transporte privado como del transporte público. Vale la pena recordar que el transporte público es el modo motorizado más utilizado (29% de los viajes), el que hace un uso más eficiente del recurso suelo y el de acceso más democrático después de la caminata.

Una buena noticia es que varias ciclovías recientes se han construido usando espacio destinado originalmente a estacionamiento para automóviles, logrando simultáneamente el objetivo de facilitar los viajes en bicicleta y el de desincentivar el uso del automóvil. Esto ha generado –obviamente– molestia en algunos automovilistas; sin embargo, es necesario que todos comprendamos que, para evitar seguir aumentando el consumo excesivo de recursos clave como espacio urbano, energía, aire limpio y tiempo de viaje, debemos cambiar algunas de nuestras costumbres.

Algo de esto ya está ocurriendo: el popular slogan “cómprate un auto Perico” de los años 80, ha sido remplazado por una visión admirativa del que no contamina ni congestiona, al usar la bicicleta, por parte de las nuevas generaciones. El éxito del recientemente inaugurado sistema metropolitano de bicicletas públicas es otro indicador del cambio de paradigma que está ocurriendo en nuestra ciudad. Este cambio fundamental debe ser, por supuesto, apoyado por un sistema de transporte público de gran calidad (digno y eficiente), que no se puede ofrecer si continuamos privilegiando al automóvil al diseñar y construir infraestructura.

El cambio en los hábitos de movilidad de muchos santiaguinos es evidente y todo parece indicar que el número de ciclistas irá en aumento. Esto es muy positivo no sólo por sus efectos en el sistema de transporte sino que también desde el punto de vista de la salud pública. Pero, para que el cambio sea permanente y no genere costos indeseados (accidentes, interferencia con los espacios peatonales, etc.), es necesario proveer infraestructura de calidad, abundante y bien diseñada, y, paralelamente, generar conciencia en la población sobre los costos (muchas veces irreversibles) de construir ciudad privilegiando al automóvil en vez de a sus habitantes.

(Una versión más breve de esta columna fue publicada por La Tercera)