Hacia un drenaje urbano sustentable en Chile

Por Jorge Gironás / Investigador del cluster Recursos Críticos

Nos acercamos a un invierno que se pronostica relativamente lluvioso. ¿Será otra vez la temática de las aguas lluvias urbanas relevante o estará nuevamente en un segundo plano toda vez que no ocurran grandes inundaciones ni pérdidas importantes? Cualquiera sea el devenir, es importante discutir sobre este tema no resuelto, cuyas múltiples dimensiones no son del todo comprendidas ni abordadas.

En nuestro país, la Ley n° 19.525 responsabiliza al Estado de los sistemas de evacuación y drenaje de aguas lluvias en centros poblados. Estos sistemas se separan en una red primaria y otra secundaria, gestionadas por el Ministerio de Obras Públicas (MOP) y el Ministerio de Vivienda y Urbanismo (MINVU), respectivamente. La primera incluye a grandes colectores cerrados y canales abiertos, mientras que la segunda, a las calles, colectores subterráneos y los sumideros y cámaras.

Desgraciadamente, por muchos años antes y luego de promulgada la ley, ha dominado un paradigma que ha quedado obsoleto y nos impide avanzar hacia un drenaje urbano sustentable. Según este, la escorrentía urbana se considera una molestia e incluso amenaza, y no un potencial recurso a proteger o utilizar. Este paradigma ha devenido en dos situaciones particulares: El manejo de aguas lluvias busca casi exclusivamente su rápida evacuación a través de elementos artificiales que reemplazan la red de drenaje natural, transportan los problemas hacia aguas abajo y se vuelven obsoletos, aumentando las inundaciones al largo plazo; y que sean precisamente las inundaciones el problema central y casi único que se le atribuye a las aguas lluvias, postergándose otros impactos relevantes como son las descargas sin tratamiento de sistemas unitarios al llover, el lavado de contaminantes urbanos hacia cuerpos receptores, la erosión de cauces y la degradación de ambientes acuáticos aguas abajo de las urbes.

Adicionalmente, hay falencias importantes en nuestra gestión de las aguas lluvias, como son: (1) una falta de visión integral donde la cuenca –y no el sector administrativo– es la unidad territorial relevante; (2) la carencia de objetivos ambientales dependientes de la realidad de cada cuenca (por ejemplo, la preservación de cauces y el control de la calidad del agua de cuerpos receptores); (3) la nula o baja integración de distintas escalas espaciales –desde la propiedad privada hasta la escala regional– en la gestión de escorrentía; (4) el mayoritario uso de la conducción y evacuación, muy por sobre las técnicas de infiltración y almacenamiento; (5) la nula o baja vinculación con la planificación territorial; y (6) la orientación “estructural” del drenaje urbano, siendo las medidas no estructurales y la gestión de zonas de inundación casi inexistentes. En síntesis, el drenaje urbano ha carecido de una regulación desde aguas abajo hacia aguas arriba, basada en objetivos de descarga y gestionada por un ente integrador.

Muchas de estas falencias son el reflejo de un sistema entendido como un conjunto de obras de carácter público, pertenecientes a los sistemas primarios y secundarios, destinadas a la evacuación rápida de las aguas lluvias. En esta concepción faltan dos componentes vitales: la red domiciliaria y la red natural. La primera incluye obras y prácticas en suelo privado que permiten gestionar las aguas lluvias, mientras que la segunda corresponde a cursos y cuerpos de aguas receptores de la escorrentía urbana (ríos, humedales, lagos y agua subterránea) donde ésta vuelve al medio natural. La red domiciliaria es muy importante pues permite actuar in-situ sobre un gran porcentaje del agua caída antes que alcance en mayores cantidades y peor calidad el suelo público. Por otra parte, el sistema natural es relevante pues siempre debiese asegurarse la preservación de su calidad ambiental así como las zonas de inundación involucradas. En otras palabras, la red natural permite fijar metas para las descargas de las aguas lluvias, mientras que la red domiciliaria permite actuar sobre una gran cantidad del agua caída en forma simple, distribuida y poco invasiva. Una vez integradas estas redes al sistema, se hace necesario y posible utilizar la infiltración y el almacenamiento en la gestión de las aguas lluvias a través, por ejemplo, de la infraestructura verde. Estas técnicas reducen las tasas y volúmenes de escorrentía, y contribuyen al control de los eventos frecuentes (aproximadamente 80% del volumen anual de escorrentía), que producen las disfuncionalidades, molestias y efectos ambientales.

Chile está dando pasos hacia una mejor gestión del drenaje urbano, pero queda aún mucho por hacer. Un hito importante es el reciente Manual de Drenaje Urbano del MOP, que aborda la gestión integrada a largo plazo de las diferentes redes del sistema de drenaje, incorporando las distintas escalas especiales y los diversos actores involucrados, así como todo el ciclo de vida de estos sistemas. Es de esperar que la experiencia con esta nueva herramienta permita seguir a paso firme el camino hacia un drenaje urbano sustentable.