Pedir peras al olmo: Planificación e incendios

Por Jonathan Barton / Director del CEDEUS e investigador principal del cluster Planificación Integrada.nota-web

La tormenta de fuego que ahogó a Valparaíso, en pocas horas, dejó pérdidas de vidas, pérdidas de hogares, pérdidas de memorias y recuerdos, y una pérdida de confianza en la solidez de la vida urbana.

El filósofo Marshall Berman escribió sobre esto en 1982 y anotó que “todo lo sólido se desvanece en el aire”, una frase prestada de Marx. Berman insistía en que la vida urbana es un maelstrom (un gran remolino) de cambios y vueltas: una unidad de desunidad. No es la certidumbre y orden que esperábamos de la modernización, sino lo opuesto.

La planificación urbana fue parte de esta confianza en la modernización de las ciudades y simplemente carece de la capacidad de resolver los eventos catastróficos, como el de Valparaíso. Tiene otra velocidad. Un plan aprobado en 1965 sigue vigente con modificaciones hasta 2014. El nuevo plan –PREMVAL– ha sido preparado y estudiado por 10 años mostrando la realidad de una ciudad-región que ya no existe.  Por ejemplo, los impactos en términos de cambio climático, como el incremento de la sequía y de la intensidad de eventos extremos, no son incluidos.

En la búsqueda de nuevas áreas para asentar la población, los estudios de riesgo (artículo 2.1.17 de la Ordenanza General de Urbanismo y Construcciones) no son bienvenidos para muchos porque pueden reducir las zonas de posible construcción y, es por eso, que no son centrales en los procesos de planificación. Por lo tanto, seguimos construyendo en áreas de riesgo sin los resguardos necesarios.

Por otra parte, no debemos esperar que la planificación –multidimensional y compleja– evidenciada en planos de una ciudad ya distinta, resuelva la contingencia. Los incendios tienen otra velocidad. En Victoria, Australia, y California, Estados Unidos, la población convive con sus ‘bushfires’ y ‘wildfires’, de la misma manera que debiéramos incorporar los incendios forestales en la Región de Valparaíso. Se requiere la formación de las comunidades –con el presupuesto asociado– de una cultura de preparación y respuesta rápida para los momentos iniciales. Obviamente, también es indispensable reducir el riesgo con una gestión apropiada de residuos y de materia vegetal seca en los mismos bosques y  quebradas.

No es barato: El US Forestry Service en Estados Unidos significa US$1 billón anual; mientras que el plan de recuperación 2009-11 postincendios en Victoria, donde 175 personas perdieron sus vidas, cotó US$48 millones. Pero no es por nada que el Banco Mundial tiene a Chile clasificado como un ‘país de altos ingresos’, que, además, es miembro de la OCDE.

Frente a la incapacidad de los instrumentos de planificación de ordenar el territorio y el asentamiento en ‘tiempo real’, año a año, debemos ser claros: se deben fortalecer las consideraciones de riesgo. ¿Cómo? Haciéndolas centrales y no marginales. En los casos de California y Victoria, estos riesgos no desaparecen con un aumento de ingresos o mejores procesos de planificación. Es un tema de gestión, de financiamiento adecuado y descentralizado, y de un compromiso público de asegurar que la vulnerabilidad de poblaciones de bajos ingresos no es aumentada por su exposición a áreas peligrosas.