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Donde sobra barro y agua, suele faltar planificación ecológica

Leonardo Romero Leonardo Romero Revisado por CEDEUS 4 min lectura
Donde sobra barro y agua, suele faltar planificación ecológica

La cofundadora de la Fundación Cerros Islas, María Catalina Picon Meleda, junto a los investigadores de CEDEUS Francisco de la Barrera y Sonia Reyes analizan el aluvión en San Carlos de Apoquindo, la construcción en lugares de riesgo y la consideración de la planificación ecológica.

Lo que el aluvión nos recordó

El jueves 8 de octubre, un torrente de barro descendió por las calles de San Carlos de Apoquindo. Dejó 56 viviendas destruidas, 384 damnificados y más de mil personas rescatadas.

En los últimos días En los últimos días se ha hablado mucho del cambio climático, de El Niño, de la alerta que nunca llegó, de las mallas que no alcanzaron a instalarse y del incendio que, en el verano, dejó las laderas al descubierto. Son temas que hay que revisar. Sin embargo, poco se ha dicho sobre nuestra decisión de construir en las faldas de los cerros y en los cauces de las quebradas.

Una ciudad que le dio la espalda a la naturaleza

Santiago se fundó a partir de su geografía, en torno al río Mapocho y a un cerro isla, el Huelén, hoy Santa Lucía. Durante buena parte del siglo XX, los planes aún cuidaron la relación con la matriz agrícola y natural, hasta que, a fines de los setenta, se eliminó el límite urbano y el suelo pasó a ser, en la práctica, una mercancía ilimitada.

Hace unos años, revisamos dos siglos de la planificación de Santiago. Una de las conclusiones fue que, al urbanizar los faldeos de la cordillera, encajonar los cursos de agua y talar la vegetación, la ciudad perdió la capacidad de resistir eventos como este. En pocas palabras, hoy hay menos suelo por donde el agua pueda infiltrarse, menos vegetación que la frene y menos espacio para que las quebradas se desborden sin causar daño.

Desde 1990 hemos avanzado, pero los instrumentos siguen rezagados respecto de lo que sabemos. El Plan Regulador Metropolitano trata el borde entre la ciudad y la montaña como una línea artificial y abrupta. En un estudio publicado en 2019, relatamos que el 20% de las zonas que el propio plan define como de riesgo natural y de recuperación ya están ocupadas por construcciones o cultivos. Y desde 2009, una modificación de la Ordenanza General de Urbanismo y Construcciones impide que los planes reguladores creen directamente nuevas áreas de protección con criterios ecológicos. Aunque un municipio quiera proteger una quebrada por su valor ecológico, su plan regulador no puede hacerlo por sí solo.

En el piedemonte enfrentamos dos riesgos. Por un lado, los incendios destruyen la vegetación y dejan suelos sueltos que no resisten el empuje del agua lluvia. Eso vimos en San Carlos de Apoquindo, donde lluvias torrenciales desencadenaron un aluvión porque no había vegetación que retuviera el suelo ni regulara la velocidad del agua.

Por otro lado, la urbanización en los sectores donde desembocan las quebradas cordilleranas expone a la población a los impactos de los aluviones e inundaciones. Las aguas siempre siguen su curso natural, pero estas han sido canalizadas y urbanizadas.

Y no es solo el piedemonte. El martes 13, una tormenta récord convirtió avenidas de Ñuñoa y del centro en ríos e inundó los accesos del Metro. En una ciudad cada vez más pavimentada, el agua que antes se infiltraba ahora corre por la superficie hasta colapsar los colectores.

Un cerro o una quebrada en buen estado no es un adorno. Es infraestructura verde. Permite que la lluvia se infiltre y recargue los acuíferos, en vez de descender de golpe y arrastrar sedimentos hacia las calles. Nuestro desafío es que los cerros vuelvan a ser una especie de esponjas, que nos den seguridad frente a eventos naturales. Este es uno de los tantos servicios ecosistémicos que nos prestan.

Planificar con la lógica del paisaje

La planificación ecológica parte de reconocer el territorio —su relieve, sus suelos, su agua y su vegetación— para decidir qué construir, dónde hacerlo y dónde no. Eso obliga, por ejemplo, a repensar los límites, en los que el agua no sigue fronteras comunales, sino que sigue cuencas y microcuencas. Por eso, la unidad para planificar el piedemonte debe ser la quebrada y la cuenca que la contiene.

Nada de esto desmerece las obras de ingeniería. Las piscinas decantadoras, las mallas de contención y los colectores son necesarios, y hay que construirlos pronto. Pero si seguimos degradando los cerros y ocupando las quebradas, esas obras siempre trabajarán contra la corriente, sobreexigidas. La mirada ecológica no reemplaza a las otras, sino que les proporciona un marco para que funcionen. Se trata de planificar con la naturaleza, no contra ella, e incorporar a las obras soluciones basadas en la naturaleza, como restaurar laderas, proteger quebradas y devolver al suelo su capacidad de absorber agua.

Leonardo Romero

Leonardo Romero

Periodista

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